¿Es más creíble la nada que Dios?
Cada cierto tiempo, un científico descubre 'científicamente' que Dios no existe. Cuando esto lo hace en forma de libro, y es lo habitual, se traduce en un super ventas. Y es que Dios es tan irrelevante que su sólo cuestionamiento atrae el interés de grandes mayorías. Paradojas, como lo es aquella de los que piden que se les demuestre la existencia de Dios para creer en Él, sin parar atención que si Dios fuera demostrable quedaría reducido a las limitaciones de la mente humana. Sería un dios tan limitado que cabría dentro de nuestra capacidad de conocer y definir. Dejaría de ser Dios, por tanto.
En términos científicos, Dios no es un hecho demostrable, es un axioma, y eso no le quita ningún atributo de realidad. También resulta una paradoja que aquellos que no creen en Él se quejen, como escribía Chesterton en su libro sobre Santo Tomás de Aquino, “de qué es impensable que un Dios reconocidamente impensable lo saque todo de la nada, y luego pretendan decir que es 'más' pensable el que la nada se convierta a sí misma en todo”. Es evidente que puestos a tener fe, es decir creer en algo que no se puede ver ni tocar, es más fácil la respuesta de Dios que la de la nada.
Ahora, el libro de Hawking parece que persigue explicar que Dios no es necesario a través del Big Bang. Me parece un tiempo estupendamente perdido. Si las personas hemos de creer en Dios por la única razón de lo que sucedió en un pasado tan remoto que resulta casi inimaginable, este tipo de dios, francamente, no me interesa. Si sólo es eso, me queda muy lejos, a millones de años. Mi Dios existe porque es una presencia cercana. Una realidad distinta a la nuestra, ciertamente, pero a la que puedo acceder en una medida muy modesta, que me estimula para llegar a más y más de su experiencia. Porque Dios, a diferencia de la nada, no es algo remoto, sino experimentable en mi ser. Por eso hay tanta gente que se afirma en Dios, y poca, muy poca, que guía su vida por su ausencia.
Claro que para llegar a Dios se necesita una condición: la de la humildad ante lo inconmensurable. Humildad que es fundamento del amor. Y es que el orgullo y la desobediencia, tan viejos como el mundo, tan viejos como Lucifer, vetan el camino de Dios. Y hablo de humildad, no de credulidad. Me refiero a la actitud que es necesario tener ante un hecho extraordinario. El buen montañero que va a atacar un ocho mil lo hace desde una condición humilde ante el desafío de la gran montaña, porque sabe que si no parte de esta senda interior lo más probable es que fracase en el empeño y, todavía peor, pierda su vida.